Cuando la medicacion te estabiliza y te hunde la autoestima
Preguntas que nadie te contesta

Cuando la medicación te estabiliza y te hunde la autoestima

Contenido revisado por el Dr. Rafael Fernández García-Andrade · Psiquiatra · H. Clínico San Carlos · UCM

Por fin estás estable. Llevas meses sin la montaña rusa, durmiendo, funcionando, con la cabeza en su sitio. Y sin embargo te miras al espejo y no te gusta lo que ves. La cara más redonda, la ropa que ya no cierra, unos kilos que han aparecido sin que cambiaras de vida…

Y llega el pensamiento peligroso, en voz baja: «con la pastilla estoy bien de la cabeza, pero me estoy poniendo fatal». Y detrás, casi sin dejarse oír, otro: «¿y si la dejo?».

Ese pensamiento merece que nos paremos en él. Con honestidad y sin adornos, porque de cómo lo manejes puede depender mucho.

Sí: hay fármacos que engordan

No te lo estás inventando ni es «cosa tuya». Varios de los tratamientos que mejor estabilizan tienen el peso como efecto secundario conocido, y no todos por igual:

Que quede claro de entrada: el problema es real y merece tomarse en serio. Minimizarlo no ayuda a nadie.

El peso no toca solo el cuerpo: toca la autoestima

Engordar por la medicación no se queda en la ropa. Baja a un sitio más hondo. La imagen corporal es una pata de la autoestima, y cuando el espejo te devuelve un cuerpo que no reconoces, la autoestima se resiente. Te apetece menos salir, verte, que te vean. Y ahí el asunto deja de ser estético y se vuelve clínico.

Porque el abandono del tratamiento por el peso es una de las causas más frecuentes de recaída. La secuencia es conocida: dejo la pastilla para recuperar mi cuerpo — y a las pocas semanas, sin red, vuelve la fase que la pastilla contenía.

El giro que casi nadie nombra

Y hay una vuelta de tuerca más incómoda todavía. El cambio físico puede convertirse él mismo en un disparador de bajada. La imagen corporal empuja el ánimo hacia abajo, y así se dibuja una paradoja cruel: el fármaco que te estabiliza puede, por la vía de la autoestima, alimentar la misma depresión que trata. No es lo habitual, pero ocurre, y nombrarlo importa — porque si te pasa, no estás loco ni eres un desagradecido. Estás notando un efecto real.

La cara B: dos costes que no pesan igual

Aquí hay que ser honesto en las dos direcciones. El coste del fármaco es verdadero y se paga en el cuerpo cada día: cada mañana frente al espejo, cada prenda que no cierra. No es poca cosa y nadie debería decirte que lo sea.

Pero los dos costes no son del mismo orden. El del fármaco se mide en kilos y en incomodidad. El de una recaída se mide en otra escala — en lo que una fase descontrolada puede llevarse por delante: el trabajo, los vínculos, la seguridad. Reconocer que el peso duele no es lo mismo que aceptar que compensa jugarse todo lo demás por él.

La salida existe, y no es dejarla por tu cuenta

Este es el punto que no puede quedar en el aire. Si la medicación te está pasando factura en el peso y en la autoestima, la respuesta no es abandonarla en silencio. Es lo contrario: llévalo a tu psiquiatra, con todas las letras.

El objetivo no es aguantar para siempre un cuerpo que no quieres. Es encontrar, con quien te trata, el equilibrio que te mantenga estable y pueda mirarse al espejo. Ese equilibrio casi siempre existe — pero se busca acompañado.

En una línea. Que la medicación te engorde y te hunda la autoestima es un problema real, no una queja — y por eso mismo se resuelve hablando con tu psiquiatra para ajustar o cambiar, nunca dejándola a solas.


Nota de cuidado. Si el peso o la imagen te están arrastrando el ánimo hacia abajo, no lo lleves solo. En España tienes la Línea 024 (24 h, gratuita y confidencial), y tu psiquiatra puede revisar el tratamiento contigo. En una emergencia, 112.

No te enfrentes a esto a ciegas.

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