Por fin estás estable. Llevas meses sin la montaña rusa, durmiendo, funcionando, con la cabeza en su sitio. Y sin embargo te miras al espejo y no te gusta lo que ves. La cara más redonda, la ropa que ya no cierra, unos kilos que han aparecido sin que cambiaras de vida…
Y llega el pensamiento peligroso, en voz baja: «con la pastilla estoy bien de la cabeza, pero me estoy poniendo fatal». Y detrás, casi sin dejarse oír, otro: «¿y si la dejo?».
Ese pensamiento merece que nos paremos en él. Con honestidad y sin adornos, porque de cómo lo manejes puede depender mucho.
Sí: hay fármacos que engordan
No te lo estás inventando ni es «cosa tuya». Varios de los tratamientos que mejor estabilizan tienen el peso como efecto secundario conocido, y no todos por igual:
- Litio. Puede hacer retener líquido y, a veces, ralentizar el tiroides, y las dos cosas se notan en la báscula. Lo cuento con más detalle en el artículo sobre el litio.
- Olanzapina. Uno de los antipsicóticos que más abre el apetito y más peso hace ganar. De los más eficaces y, a la vez, de los más duros en este terreno.
- Lamotrigina. En el otro extremo: suele ser neutra en peso. No a todo el mundo le sirve para lo mismo, pero conviene saber que existen opciones de perfil distinto.
Que quede claro de entrada: el problema es real y merece tomarse en serio. Minimizarlo no ayuda a nadie.
El peso no toca solo el cuerpo: toca la autoestima
Engordar por la medicación no se queda en la ropa. Baja a un sitio más hondo. La imagen corporal es una pata de la autoestima, y cuando el espejo te devuelve un cuerpo que no reconoces, la autoestima se resiente. Te apetece menos salir, verte, que te vean. Y ahí el asunto deja de ser estético y se vuelve clínico.
Porque el abandono del tratamiento por el peso es una de las causas más frecuentes de recaída. La secuencia es conocida: dejo la pastilla para recuperar mi cuerpo — y a las pocas semanas, sin red, vuelve la fase que la pastilla contenía.
El giro que casi nadie nombra
Y hay una vuelta de tuerca más incómoda todavía. El cambio físico puede convertirse él mismo en un disparador de bajada. La imagen corporal empuja el ánimo hacia abajo, y así se dibuja una paradoja cruel: el fármaco que te estabiliza puede, por la vía de la autoestima, alimentar la misma depresión que trata. No es lo habitual, pero ocurre, y nombrarlo importa — porque si te pasa, no estás loco ni eres un desagradecido. Estás notando un efecto real.
La cara B: dos costes que no pesan igual
Aquí hay que ser honesto en las dos direcciones. El coste del fármaco es verdadero y se paga en el cuerpo cada día: cada mañana frente al espejo, cada prenda que no cierra. No es poca cosa y nadie debería decirte que lo sea.
Pero los dos costes no son del mismo orden. El del fármaco se mide en kilos y en incomodidad. El de una recaída se mide en otra escala — en lo que una fase descontrolada puede llevarse por delante: el trabajo, los vínculos, la seguridad. Reconocer que el peso duele no es lo mismo que aceptar que compensa jugarse todo lo demás por él.
La salida existe, y no es dejarla por tu cuenta
Este es el punto que no puede quedar en el aire. Si la medicación te está pasando factura en el peso y en la autoestima, la respuesta no es abandonarla en silencio. Es lo contrario: llévalo a tu psiquiatra, con todas las letras.
- Cuéntalo tal cual: cuánto has ganado, cuánto te afecta el ánimo, hasta dónde te ronda la idea de dejarlo.
- Existen opciones: cambiar a un fármaco de perfil más neutro, ajustar la dosis, revisar el tiroides, sumar apoyo en hábitos. Puedes verlas en el apartado de tratamiento.
- Un cambio guiado conserva la red. Un abandono a solas la quita justo cuando más la necesitas.
El objetivo no es aguantar para siempre un cuerpo que no quieres. Es encontrar, con quien te trata, el equilibrio que te mantenga estable y pueda mirarse al espejo. Ese equilibrio casi siempre existe — pero se busca acompañado.
En una línea. Que la medicación te engorde y te hunda la autoestima es un problema real, no una queja — y por eso mismo se resuelve hablando con tu psiquiatra para ajustar o cambiar, nunca dejándola a solas.
Nota de cuidado. Si el peso o la imagen te están arrastrando el ánimo hacia abajo, no lo lleves solo. En España tienes la Línea 024 (24 h, gratuita y confidencial), y tu psiquiatra puede revisar el tratamiento contigo. En una emergencia, 112.

