La mirada sin miedo de la fase alta
Preguntas que nadie te contesta

La mirada que desarma

Contenido revisado por el Dr. Rafael Fernández García-Andrade · Psiquiatra · H. Clínico San Carlos · UCM

Una calle mal iluminada. Un tipo que otro día te haría cruzar de acera sin pensarlo. Y hoy no. Hoy le sostienes la mirada sin proponértelo, ni un pestañeo, y es él quien la aparta y sigue su camino. Y no entiendes qué ha pasado, porque tú no has hecho nada. Solo estabas ahí, mirando.

O el perro del barrio, el que le gruñe a todo el que pasa. Contigo se calla. Se acerca, incluso.

Y te has preguntado si te has vuelto valiente de repente. No. No es eso. Y tampoco lo contrario: que vayas despistado y por eso te pasen cosas. Vas de todo menos despistado. Es otra cosa, y hay que contarla entera.

No te has vuelto valiente. Se te ha apagado el miedo

Son dos cosas distintas, y la diferencia lo explica todo.

El agresor oportunista, antes de elegir a quién, hace un cálculo rápido: busca al que muestra miedo, duda, sumisión. Al que va absorto y no le va a ver venir, al que se va a encoger si aprieta. Ese no eres tú en fase alta. Tú vas al revés: registras la calle, levantas la vista, le sostienes los ojos sin que te tiemblen.

Y aquí conviene ser honesto, porque es fácil quedarse corto. No es solo que no le des la señal que buscaba. Es que le das la contraria. Sin una palabra le estás diciendo que le has visto, que no te vas a achantar y que contigo la cosa puede salir cara. Eso no es no imponer. Eso es imponer, aunque sea en silencio. Y él lo lee, y recula, y se va a buscar a otro más cómodo. Las dos cosas pasan a la vez: no entras en su lista de presa fácil, y encima, si ya te ha fijado, le cambias el cálculo. No eres la víctima de la escena. Eres el problema que decide no coger.

Con los perros es aún más limpio

Aquí no hay psicología, hay etología. Un perro no razona quién eres; te lee. Postura, mirada y, sobre todo, olor: la química del miedo, que se suda y él huele. No le engañas con la pose. Si por dentro tienes miedo, lo huele, y va a más. Si no lo tienes —porque en alto no lo tienes—, no hay nada que oler, y achanta.

La cara B no es que te comas una hostia. Es que la repartes tú

Este es el punto que importa, y es el que casi nadie te cuenta.

El miedo no era solo un estorbo. Además de encogerte, te frenaba. Era la alarma que te hacía cruzar de acera a tiempo, callarte cuando tocaba, tragarte una provocación que no valía la pena. Cuando se apaga, no te vuelves más torpe ni más blando ni más fácil de tumbar. Te vuelves más peligroso. Para el de enfrente y para ti.

Un tío te toca los cojones en un bar. Otro día lo dejas pasar, o te levantas y te vas. En alto no. En alto le sostienes la mirada, y si levanta la mano, resulta que tienes el vaso en la tuya y una parte de ti ya ha decidido que se lo clava en el cuello. Sin dudar. Y esa es la palabra exacta: sin dudar. Porque la duda —esa milésima en la que algo por dentro te dice «esto no vale una vida, ni la suya ni la mía»— es el freno. Y lo tienes apagado.

Así que no, no te has vuelto una presa. Vas más despierto que nadie, con el ego por las nubes y la mirada firme. El peligro no es que te vayan a dar como a un pardillo. El peligro es el de enfrente, que tiene delante a alguien sin freno y no lo sabe. En fase alta no te tienes que proteger de que te peguen. Te tienes que calmar para no ser tú el que la líe.

Y hay un detalle que lo remata: la misma mirada que hace recular a uno enciende a otro. El que se aparta y el que salta leen exactamente lo mismo; lo que cambia es cómo lo reciben. Al primero le impones y se va. El segundo lo lee como un reto y va a más. Con el freno apagado no calculas cuál de los dos tienes delante. Y ahí, el que acaba metido en el lío que sereno habría esquivado, eres tú.
Lo desarrollamos en el episodio maníaco.

El termómetro

Si de golpe nada te asusta. Si te sorprendes sosteniendo miradas que otro día bajabas. Si notas que, llegado el caso, harías daño sin que te temblara el pulso y sin un gramo de duda —para un segundo. Esa frialdad no es que hayas madurado esta semana, ni que te hayas hecho más hombre. Muchas veces es de las primeras señales de que estás subiendo, antes incluso que el sueño corto o las ideas a mil.

No es carácter. Es el termómetro.


Nota de cuidado. En España tienes la Línea 024 (24 h, gratuita y confidencial). En urgencia, 112.

En una línea. No te has vuelto de piedra, y tampoco un pardillo: se te ha apagado el miedo. Y un freno apagado no te convierte en presa. Te convierte en el que, sin dudarlo, se mete en la bronca que sereno habría esquivado.

No te enfrentes a esto a ciegas.

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